Sesgo de género

El sesgo de género es la tendencia, consciente o inconsciente, a favorecer o perjudicar a personas en función de su género, estableciendo una jerarquía en la que lo masculino ocupa una posición de privilegio. Da lugar a tratos desiguales en las decisiones y oportunidades ofrecidas en diferentes ámbitos de la vida.
Hablamos de brecha de género cuando se produce una diferencia cuantificable según el género de las personas en cuanto al acceso, participación, oportunidades o recursos en cualquier ámbito, como el laboral o el educativo. Sirve como indicador de desigualdad estructural entre géneros.
De este modo, el sesgo de género contribuye a generar y mantener la brecha de género. Por ejemplo, el trato preferente hacia una persona de género masculino respecto a una persona de género femenino para un mismo trabajo se consideraría sesgo de género, generando así una brecha de género, como podría ser la diferencia salarial, que sería una desigualdad observable y cuantificable.
Diferencia entre género y sexo
El término “género” a menudo se confunde con el término “sexo” y, en ocasiones, se utilizan indistintamente. Es necesario hacer esta distinción para poder hablar de “sesgo de género”.
Género: es una construcción social que agrupa los roles, comportamientos, expectativas y relaciones culturalmente prescritas de “feminidad” y “masculinidad” en una sociedad. Estas categorías pueden variar entre sociedades y cambiar con el paso del tiempo.
Sexo: es una construcción biológica y fisiológica que distingue a las personas en función de su anatomía, fisiología, genes y hormonas. Los humanos se dividen comúnmente en XX o XY en función de sus cromosomas, pero existen también otras variaciones (XXY, XYY, XXX, XO, etc.).
Sesgo de género en investigación
El sesgo de género en la investigación ocurre cuando las normas sociales sobre el género influyen en cómo se diseñan y/o interpretan los estudios científicos. Esto puede llevar a errores sistemáticos, como la generalización injustificada de resultados entre géneros (sin una base científica sólida) o la representación de un solo género en un estudio, excluyendo así a los demás grupos y contribuyendo a la invisibilización de la diversidad de género. Estos sesgos pueden aparecer desde el inicio de la investigación, al formular las preguntas o hipótesis, y también durante el desarrollo del estudio, al elegir la metodología o analizar los datos. Como consecuencia, los resultados obtenidos pueden ser incompletos, poco precisos, sesgados o no reflejar la realidad.
Además, el sesgo de género también se manifiesta en quiénes participan en la investigación y desde qué perspectivas se produce el conocimiento. Con frecuencia, los estudios se basan en la experiencia del grupo mayoritario —históricamente, el masculino— y se presentan como universales, dejando de lado todas las demás realidades. Esto afecta tanto a la calidad como a la validez de la investigación científica. De hecho, según datos del Instituto de Estadística de la UNESCO, solo un 33,3 % del personal investigador a nivel mundial son mujeres, una desigualdad relacionada con las barreras que estas enfrentan para acceder a carreras científicas y tecnológicas. Por otro lado, solo 1 de cada 4 participantes en ensayos clínicos son mujeres. Incorporar una perspectiva de género en la ciencia permite reducir estos sesgos, mejorar la calidad del conocimiento y hacerlo más representativo de toda la sociedad.
Investigar con perspectiva de género
La perspectiva de género hace referencia a un punto de vista, una mirada que tiene en cuenta cómo la percepción del género influye en las experiencias y oportunidades de las personas. Al investigar con perspectiva de género, se tienen en cuenta las posibles diferencias y desigualdades entre géneros para así comprender mejor los fenómenos que se estudian.
Cuando un proceso de investigación no aplica esta perspectiva —a menudo debido a sesgos inconscientes—, la calidad y la utilidad de los resultados se ven afectadas. Por un lado, se pierde información valiosa (se dejan fuera las experiencias de gran parte de la población) y, por otro, aumenta el riesgo de obtener conclusiones parciales y de aplicar los resultados de forma inadecuada.
Adoptar una perspectiva de género en investigación, desarrollo e innovación implica trabajar por la equidad de género, es decir, garantizar que todas las personas puedan desarrollar sus capacidades sin limitaciones impuestas por los roles de género. También supone incorporar análisis que tengan en cuenta tanto el sexo como el género en todas las etapas del proceso de investigación, desde el planteamiento de hipótesis hasta la comunicación de resultados, asegurando que todas las voces estén presentes en la toma de decisiones. Existen herramientas prácticas, como listas para identificar el sesgo de género y guías de comunicación, que nos pueden resultar útiles para utilizar un lenguaje más inclusivo.

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